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Un tercer escudo para Sanz

Es el de Sanz un antiguo apellido de origen castellano que hallamos actualmente radicado en toda España e Iberoamérica, encontrándose ampliamente difundido.

Sanz constituye un antiguo apellido patronímico derivado del nombre pro-pio Sancho, según nos indica el reconocido lingüista Gutierre Tibón.

En Aragón, donde los Sanz se hallan documentados desde tiempos muy antiguos, (al menos desde el siglo XII) tuvieron casas en la ciudad de Zaragoza, en la que, al menos, consta en dicha fecha la existencia de dos familias distintas, a juzgar por las distintas armas que llevaron.

En la obra titulada "Diccionario de Heráldica Aragonesa", de don Bizén D´O Río Martínez, nos dice éste que una de las familias Sanz de la ciudad de Zaragoza extendió sus ramas por las localidades de Alquézar, Lebuerda, Huértalo, Castejón de Monegros, Cebollero de Rodellar, Salas Bajas, Fonz, Calaceite y otras poblaciones aragonesas. A este linaje perteneció don Antón Sanz, que fue Justicia Mayor de Aragón en el año 1143.

En Aragón vieron reconocida por la Real Audiencia de Aragón su condición de infanzones los siguientes apellidados Sanz, en los años que se indican: Miguel Sanz Cebollero, vecino de Magallón, en1751; Jerónimo Sanz de Broto, vecino de Naval, en 1609; José Sanz de Broto, vecino de Naval, en 1650, y José Sanz de Villarragud, vecino de Plasencia, en 1718.

Armas: unos Sanz de Zaragoza usaron: En campo de oro, un águila de sable.

Origen de los apellidos

Apellidos patronímicos, toponímicos y otros

Todo apellido tiene un significado muchas veces sencillo, aunque otras no tanto porque nos falta la clave que nos permita explicarlos.

De entre estos apellidos destacan los apellidos toponímicos, que son de los más abundantes. Se puede afirmar casi con total seguridad que, una persona que lleva un apellido toponímico, tiene una relación con ese lugar que le sirve como apellido.

En primer lugar, puede que una persona, que naciera, viviera de manera temporal, y/o trabajara, en ese lugar, y tuviera que emigrar a otro lugar relativamente cercano. Es entonces cuando el nombre de un lugar se convierte en apellido toponímico: la persona que emigra, bien sea en memoria del lugar del que viene, o para diferenciarle del resto de personas que tienen el mismo nombre y primer apellido (muy común en la Edad Media), toma por apellido el nombre de ese lugar.

En segundo lugar, el señor de un lugar, tenga el título que tenga (vizconde, barón, conde, marqués, o duque), toma por apellido el topónimo como demostración de propiedad sobre ese lugar.

En cualquiera de sus casos y variantes, todo apellido toponímico, al menos en su origen, lleva delante la preopción "de" (por ejemplo, Pedro de Soria), que significa relación con ese topónimo. En la actualidad, muchos apellidos toponímicos han perdido esta preposición debido a un proceso que comenzó al final de la época moderna.

El apellido se puede formar en la primera persona que emigra (aunque no necesariamente), y que se hace hereditario solo por voluntad de sus descendientes.

Se pueden hacer diferentes divisiones dentro de estos apellidos toponímicos:

1. Entre la importancia de los diferentes topónimos: topónimos mayores (nombres de pueblos, villas o ciudades) y topónimos menores (del relieve, arquitectura…)
2. Entre el origen geográfico de los topónimos: topónimos de la provincia de Soria o de otras provincias.
3. Entre la relación con ese topónimo: topónimos o gentilicios de esos lugares.

Pero también son abundantes los apellidos patronímicos, quizás los que más, ya que son más antiguos. Estos apellidos nacieron al añadir al nombre del hijo, el nombre del padre, que irá variando según épocas.

En muchas civilizaciones hubo la práctica de añadir un prefijo o un sufijo al nombre del padre convertido en apellido. Este prefijo o sufijo significa "hijo de", descendencia o filiación. Conocidos son los casos de los Ben- musulmanes, y los Mac- escoceses.

La forma mayoritaria de nuestros apellidos patronímicos derivan de la tradición romana. El apellido patronímico romano iba en el caso de genitivo (desinencias –ius, -ii). Éste, durante la época medieval, sufrió variaciones debido al fraccionamiento del latín clásico en "vulgar", provocando diferencias fonéticas entre las zonas, lo que produjo a su vez cambios morfológicos en los apellidos: quitar, añadir o cambiar una o más letras.

1. La –i de la última sílaba, permutó en –a, u –o. Pero en muchos casos, se produjo una apertura del timbre, mudando a una –e-. Solo pervivió la –i- en la zona del noroeste.
2. Monopolización de la –z en posición final, haciendo desaparecer al resto de consonantes finales, -c, -d, -s y –t. Únicamente la –s ha sobrevivido en algunos apellidos del noroeste.
3. Feminización de apellidos añadiendo la vocal para –a (típica del femenino latino).
4. Supresión de una o más letras (síncopa), antes de seguir su proceso formativo de terminación en –z.

Su origen, un nombre propio generalizable a otras zonas de la Península Ibérica, nos descubre que pudo generarse a la vez en varias regiones, sin tener por tanto un tronco común todas las personas con un mismo apellido.

En la Edad Media, se produce en una línea descendiente, una alternancia de dos apellidos patronímicos, formando cadena entre ellos. Una solución para diferenciarse entre ellos será, o heredar el apellido del padre en vez de formar su apellido con el nombre de su padre (originando un apellido patronímico hereditario y rompiendo la cadena); o añadir un segundo apellido al primero, formando uno solo, pero con carácter patronímico y toponímico. Este apellido que se añade suele ser el nombre del lugar con el que guarda una relación.

Pero hubo apellidos patronímicos que no se declinaron, y se fosilizaron en su forma de nominativo (tal y como los conocemos en la actualidad, como Benito, por ejemplo) con la preposición "de" antepuesta, que desde el final de la época moderna iría desapareciendo en muchos casos.

También hay un cierto número de apellidos que no son ni apellidos patronímicos o ni toponímicos. Son apellidos que indican alguna característica especial del genearca (cabeza de linaje): un oficio o profesión o cargo (civil, eclesiástico o militar), un apodo, un defecto, un vicio, una virtud…; o bien tienen relación con el Reino Vegetal…

Una manera muy normal de clasificar a las personas es por su profesión. En este caso tuvo que haber un cabeza de linaje en que se fijara ese apellido. Y es aquí donde generalmente tiene más sentido el que un apellido de un oficio pase de padres a hijos por varias generaciones, que a esa familia se le conociera por su oficio, o que ellos mismo lo adoptaran como apellido familiar. Se pueden dividir en oficios y en carga. Y los cargos, a su vez en civiles, eclesiásticos y militares. Entre los oficios, destacarían apellidos como Tejedor, Tundidor (azotador), y según algunas interpretaciones, el apellido Mozas. Entre los cargos: militares (Alférez), civiles (Alcalde) y estado civil (Hidalgo). De cargo eclesiástico: Monge, Canciller o Chanciller, sería un ejemplo de cargo civil o eclesiástico, porque ambas cancillerías tenían ese cargo.

Otro tipo de apellidos es el que responde a los apodos o motes con que se puede conocer a una persona o familia, indicando alguna característica física o psicológica, un defecto, un vicio, o una virtud. Si esta característica la "heredaron" sus descendientes, entonces era fácil reconocer a esa familia. Y no era hereditaria, lo adoptaron como apellido en s memoria, aunque fuera un defecto. Como ejemplos pueden servir: Espadón, Malo y Medrano (acobardado) como defectos; Bravo (y sus compuestos Bravo de Lagunas y Bravo de Sarabia), y Valiente, como virtudes; Matalobos, como vicio.

Por último, los apellidos relacionados con el Reino Vegetal, que aunque en nuestra provincia sea más común el componente vegetal, no se manifiesta en la misma proporción en los apellidos. Su formación es idéntica a la de los apellidos toponímicos, pero en vez de tomar como origen un topónimo, lo hacen de un árbol, arbusto, planta, o conjunto de un mismo tipo, sus flores y sus frutos… Como, por ejemplo la existencia de algunos de los elementos vegetales anteriormente citados, cerca de un lugar en donde una persona viva, trabaje… De este tipo, tenemos los ejemplos de Granados, Romero, Villaumbrosía (sombreada).

Por lo tanto, todos los tipos de apellidos pueden no tener un tronco común, son se pudieron haber originado en diferentes lugares de la geografía española, e incluso en diferentes lugares, llevando el mismo apellido, pero no siendo familia.

Javier Mozas Hernando

(*) Artículo de la revista Abanco / Cosas de Soria (números 34, 35, 36, 37)

Vida y leyenda del Tío Melitón (Muerte a mano airada)

La posada era un lugar confortable aunque careciera de lujos. Por fuera se veía como una sólida construcción en piedra que cerraba el flanco norte de la plaza del pueblo, lo que hacía de él un edificio singular y céntrico. Allí acudían carruajes, carretas, indianos, tratantes y viajeros en general que se acercaban por Covaleda ya fuera de paso, para reponer fuerzas, o por cuestión de negocios. De Soria subía cada día la Rubia que era una diligencia polivalente, pues igual servía para traer pasajeros de levita, como para acarrear todo tipo de encargos, banastas de fruta, cajas de arenques y abadejo en salazón, amén del correo que era recogido fielmente por Simón, el cartero, con el soniquete habitual que el cochero ya se sabía de memoria:

—Esto cada día pesa más...

—Ya, ya; que vas para viejo, Simón, eso es lo que te pesa... —le respondía el otro desde el pescante.

En el lado oriental de la plaza, justo al lado de la casa del cura, había un pilón cavado en una piedra sillar donde abrevaban las caballerías y algún transeúnte desesperado zambullía la cabeza para lavarse la cara o refrescarse los días de calor. Al otro lado de la posada estaban las caballerizas y una fragua rudimentaria donde atendían a los caballos del tiro que fuera menester herrar para proseguir la ruta.

En el centro de la fachada se abría un ancho portalón en arco que permitía el acceso a viajeros y mercancías; en la época de frío servía para ponerse a resguardo de la cellisca o ver pasar blandamente las horas en una tarde de lluvia. Y luego, de frente, el salón principal con unas mesas de pino y unos bancos corridos donde se acomodaban los inquilinos en espera de la pitanza que solía preparar la posadera, lugar acogedor en cuya chimenea ardían troncos de roble al tardío o se gozaba del frescor de las gruesas paredes cuando apretaba la canícula del verano. En la planta superior se alineaban seis alcobas a lo largo de un corredor bien oreado y amplio ventanal, rematadas al fondo con una puerta que daba acceso al pajar donde se amontonaba la hierba seca para los caballos que también habían de reponer fuerzas. El pajar era un lugar destartalado, lleno de polvo y ratas. Se cuenta de un cliente que decía que él prefería dormir entre la hierba mejor que en un mullido colchón de lana, «porque era más sano...» Y Saturnina, la posadera, se encogía de hombros añadiendo por toda explicación: «Allá él, paga lo mismo...», pensando que no andaba bien de la cabeza.

En este salón principal, que hacía las veces de comedor y sala de espera, siempre había un rincón reservado para los del pueblo que, aunque no fueran viajeros, solían acercarse a la posada para charlar con el Hermógenes y enterarse de las noticias que traían los forasteros, mientras daban buena cuenta de un porrón de vino entre comentarios y chismes.

El tío Simón, el cartero, era uno de los más asiduos feligreses de la posada por mor de su oficio, pues cada tarde acudía a la diligencia de las seis para retirar la saca correspondiente con el correo del día que repartía a la mañana siguiente. Cuando podía, que eran las más de las noches, se juntaba con su cuadrilla para trasegar un par de porrones mientras hablaban de las cosas de la vida, de las novedades que traía el correo, de los acontecimientos locales o de las cosas de antaño... Por cierto, que le había llegado el último número de La Ilustración y en plena portada venía una señorita con un cuerpo que...

—¡Qué cuerpo, amigos míos, vaya formas..., lleva unas ligas de raso que te...! —y se puso a dibujar en el aire unas redondeces contundentes mientras reían socarrones sus contertulios.

—Pues para formas las de tu mujer, cartero gurrumio, que dicen que la tienes un poco abandonada, y con lo guapa que es no me extrañaría nada que estuviera buscando arrimo... —le dijo alguien a sus espaldas.

El cartero no necesitó girarse para saber de quién era aquella voz. Quedó con el gesto crispado en el aire sin acabar de modelar la escultural señorita que traía la portada de la revista. Tenía aquella maldita voz metida hasta los tuétanos porque siempre que podía le hurgaba en lo más sensible, en lo que duele a los hombres, lo que podía ofenderle de verdad: poner en duda su hombría; no necesitaba mirarle a los ojos para saber quién era y clavarle una mirada feroz, de odio, de rencor, de viejos resentimientos acumulados por ofensas parecidas y nunca vengadas.

Se contuvo con un respingo; Simón bajó lentamente los brazos, agarró el porrón con una violencia tiznada de amargura, dio un largo trago tratando de hacer pasar con el vino el poso de odio que se le iba acumulando en los hígados, se limpió con el dorso de la mano y sacó la petaca...

En el denso silencio que se desparramó por el salón, le dio tiempo a calcular que lo que más le dolía de todo esto no era el insulto, sino que el tipo aquel siguiera allí plantado en mitad de la puerta con una sonrisa torcida moviendo chulescamente la cabeza, a la espera de que se revolviera ciego contra él como una víbora para enzarzarse en una pelea o, cuando menos, plantarle cara mentando a su madre y provocar el empalme de la navaja que le llevaría a partirse el pecho, o callar agachando la cabeza y quedar por cabrón. Éste era su triste plan.

—Tranquilo, Simón — ya sabes cómo es el *Melintón -Le dijo uno de los de la cuadrilla mientras liaban el pitillo.

Desde luego que sabía cómo era el Melitón. Sólo con oler su presencia bastaba para que la hiel se le desbordara y naciera una vez más, firmada con un puñetazo en la mesa, la necesidad absoluta de una venganza inmediata y definitiva: «¡Dios! Por éstas que me las paga», se dijo entre dientes. Pero tenía que mantener la cabeza fría: no podía pelear contra él porque lo descuartizaría vivo allí mismo. Él era un hombre maduro, y Melitón era un mozarro de veinte años hechos de fuerza, navaja y monte.

El tío Simón se contuvo lo suficiente como para no vomitar toda su hiel y le respondió sordamente, mascando las palabras sin volver la cabeza, la cara clavada en la mesa de pino:

Es la última vez que hablas de mi mujer delante de otros, Melitón. Te juro por Dios que me las vas a pagar..., por éstas —y se llevó los dedos índice y pulgar a la boca como simulando una cruz que besó con violencia, evocando muerte y desolación.

Melitón, desafiante, seguía plantado en el centro del arco de medio punto que marcaba la entrada de la posada, los pulgares clavados en la faja y la sonrisa ladeada. Se lo dijo a voces, sin ganas de disimular, sabiendo que le estaba retando. La mujer del cartero era muy guapa, todo el mundo lo sabía, esto le bastaba para lanzar una provocación más de las que solía hacer a diario, un ir buscando la ruina: la suya y la de los demás.

El verano andaba rondando por los pinares de Covaleda y se dejaba sentir el frescor agradable del atardecer. En las proximidades de San Juan, los días largos permitían salir a la fresca para hacer de la calle un mentidero de charlas y rumores. La posada era el lugar ideal. La cuadrilla de Simón congeniaba con el Hermógenes, el posadero, y se citaban allí al anochecer para que la Saturnina les sacara un porrón y, si se terciaba, completarlo con unos torreznillos.

Por eso acudió allí Melitón, un hombretón de casi dos metros de alto, fuerte, recién casado con una forastera de Cabrejas, Francisca García, la Cabrejana, que no era bien vista por la mayoría de sus vecinos por sus costumbres rudas y la forma brusca que tenía de dirigirse a la gente. «Hay que joderse con la Cabrejana, cuando habla parece que escupe veneno», decían.

Melitón Llorente era un hombre de hacha, morral y monte. Desde niño, como la mayoría de los chavales del pueblo, alternaba el ayudar a sus padres en casa con el cuidado de los rebaños de ovejas o cabras que todo el mundo tenía como medio de subsistencia. Esto le había dado un aire sano, fornido, y el hecho de ser rubio y querencioso en sus años de soltería, hizo que las mozas le apodaran con el significativo nombre de el Cariñoso, aunque en realidad no lo fuera.

Ya de casado le gustaba hacerse el encontradizo con las mujeres y decirles barbaridades, sin ningún miramiento, sin ningún pudor: a él todo le daba igual. Creía tener patente de corso para con todas ellas y se divertía lanzando puyas y opiniones sobre solteras y casadas, lo que le había acarreado muchas enemistades, algún encontronazo y amenazas más o menos veladas de los maridos o hermanos ofendidos, tal como acababa de sucederle ahora mismo en la posada.

«¿Pero no te das cuenta, so animal, de que van a ir todos a buscarte un día y no podrás valerte?», le decía la Cabrejana, celosa de que pusiera los ojos en todas menos en ella. «Déjame en paz», le gritaba por toda respuesta y le soltaba un bofetón en plena cara.

Vámonos —dijo secamente Simón. Se levantaron los hombres en silencio y se tropezaron al salir de la posada con los ojos achinados y la sonrisa sarcástica de Melitón que se acariciaba la faja a la altura de donde se suponía escondía la navaja.

Así que dices que te las voy a pagar, ¿eh? Adiós, gurrumio —fue el saludo cargado de desprecio que oyeron las espaldas de Simón, que se alejó en silencio ahogado en sus cavilaciones y en sus afrentas.

Melitón era rudo en sus formas y soez con las mujeres, es cierto. A la suya la tenía sometida a una situación de animal: entregada, sumisa y con un palo en las costillas caso de que levantara la voz, lo que hizo que todo en ella fuera pura hiel. Y despechado. El monte confiere a los hombres un carácter roqueño que si se tuerce es de temer.

Melitón era aficionado a la caza. Se pavoneaba de que era una de las pocas escopetas buenas de Covaleda, la mejor y más certera en temas de corzo o jabalí. Sus fanfarronerías eran notables, no ya por exagerar frente a un porrón en cuanto al número de piezas y tamaños, sino por desafiar a cualquiera en cualquier cosa con ocasión y sin ella: «Te apuesto lo que quieras a que yo...», decía a voces para que se le oyera bien y se enterara todo el mundo; llegados a este punto, unos optaban por no escucharle; los más prudentes, por callar; y pocos eran los que se atrevían a plantarle cara como lo había hecho el Lerín, otro mozarrón de su edad que tuvo con él algo más que palabras por una cuestión de principios: «Que no te metas con las mujeres de mi familia, bocazas, que te vas a encontrar con un palmo de hierro en la tripa ¿me entiendes?» Cuando se lo dijo, allí, delante de todos, Melitón se limitó a sonreír para disimular el resquemor, se dio media vuelta y salió de la taberna. Ya en la calle, se puso a resoplar como un toro. Desde entonces se enconó una rivalidad entre ambos que acabaría años después en tragedia.

Sabían que era diestro manejando el cuchillo. Le habían visto desollar una res en menos de lo que cantaba un gallo, y el golpe de hacha en la nuca del animal era siempre infalible y fulminante como un rayo. Su corpulencia le permitía algunas ventajas sobre los demás. Y él lo sabía. Por eso era temido y odiado a partes iguales por las gentes de Covaleda: todo el mundo lo tenía muy claro, con el Melitón no se jugaba.

Había hecho una noche de perros. Cuando el cura fue a buscar el Libro de Nacimientos, tuvo que espabilar el brasero porque la mañana era glaciar, y la noche se había pasado entre celliscas y tormentas de nieve. «Noche de lobos», pensó el bueno de don Cándido, el párroco. Calentó el tintero entre las manos y cuando la tinta estuvo lo suficientemente fluida se aplicó a inscribir al neonato en la hoja correspondiente al año de 1838.

—¿Cómo dice que se llamará? —preguntó al padre de la criatura cuando acudió al curato para inscribirle.

—Pues no sé, señor cura; póngale el nombre que usted quiera, a mí me da igual —dijo secamente, estrujando la boina entre las manos. El cura se rascó el mentón y le volvió a preguntar:

—Entonces dice que nació ayer, ¿no es eso?

—Sí, señor. Ayer, día 10 de marzo, sobre las tres de la tarde, cuando empezó la tormenta de nieve...

Don Cándido tomó nota.

—Muy bien. Pues le pondremos el santo del día, ¿qué le parece?

—Como quiera.

Don Cándido se acercó a una alacena que tenía detrás de su escritorio donde guardaba los asuntos de la parroquia, libros religiosos y un Santorale Romanum al que acudía en casos como éste en que se le preguntaba por el santo del día y no recordaba por tratarse de una feria poco significativa en el calendario litúrgico. Allí conservaba, también, el Breviario que le regalaron cuando seminarista, ya muy gastado y roído por las puntas, el Libro de Defunciones y otras papelerías. Buscó la página correspondiente al día 10 y tradujo del latín: «San Melitón, obispo y mártir...»

—Caramba, un nombre bonito y muy sonoro: Melitón, ¿qué le parece?

—Bien —respondió el padre sin más comentarios.

—Así que se llamará: Melitón Llorente Rioja, ¿no es cierto?

— Sí, señor cura, así es.

Y don Cándido volvió a tomar nota.

—Muy bien, pues iremos preparando el baptisterio...

Años después, en la misma página pero con distinta letra y tinta azul, alguien añadió al margen del acta donde estaba inscrito el niño Melitón Llorente Rioja el expresivo apodo de el Célebre, que otra mano se encargó de completar, a su vez, poniendo al lado contrario el calificativo de el Terrorista.

Su vida, su muerte a mano airada, y la leyenda que nació con ambas, fueron causa de que el acta bautismal fuera completándose con adjetivos tan rotundos como los que le pusieron, y que el nombre de el tío Melintón provocara —todavía provoca—, sensaciones contradictorias a cualquiera que lo mencione en el pueblo que le vio nacer hace más de un siglo.

De leyendas como ésta quedan rastros en los personajes que don Antonio Machado glosó en La tierra de Alvargonzález cuando dice:

"Mucha sangre de Caín

tiene la gente labriega..."

Pero Melitón fue forjando su leyenda día a día con una tozudez asombrosa. Cuando no era la ofensa a la hombría de algún vecino, era el robo de ganado en el monte, o el sacrificio de una res ajena en beneficio propio, o el asalto a un pobre transeúnte que se cruzaba en su camino...; cada día buscaba una maldad distinta que él trataba de aquilatar, y era tal el lastre de miserias que dejaba tras su paso, que ellas mismas le fueron llevando inexorablemente hacia el callejón sin salida de la venganza y la muerte a mano airada, como no podía ser de otra forma.

*Melintón: aunque el nombre verdadero del personaje era Melitón, popularmente se le conocía como el tío Melintón, apodo con el que pasó a la leyenda.

.../...

Pedro Sanz Lallana

(primer capítulo de su novela, Muerte a Mano Airada (Vida y leyenda de El Tío Melitón)

¿Orígenes del apellido Llorente?

Es muy probable que los Llorente riojanos sean parte de los habitantes del pueblo extremeño de Don Llorente. A continuación, relato la historia de este pueblecito:

"La versión legendaria sostiene que, en fecha no determinada, dos hijos de dicho Conde, llamados Don Llorente y Don Benito, fundaron sobre terrenos que su padre les había donado dos aldeas a las que bautizaron con sus mismos nombres. Mas, sufriendo la de Don Llorente continuas inundaciones por encontrarse muy próxima al Guadiana, sus moradores acordaron trasladarse a la de Don Benito, situada en terreno más propicio.

Datos concretos sobre el hecho fundacional no se conoce con precisión, manejándose como fecha de la fundación la segunda mitad del siglo XV, e incluso el XVI, aunque no faltan indicios de que su existencia sea anterior.
Así lo confirma, por ejemplo, el cronista del XV Alonso de Maldonado, cuando se refiere al paso por este lugar del Maestre alcantarino Alonso de Monroy camino de Magacela, con el detalle anecdótico de la pérdida aquí de su caballo overo, "que se le quedó muerto entre las piernas". Ello sucedió en 1474, señalándose entonces ya a Don Benito como "pueblo viejo". El documento más antiguo que se conoce sobre la población es una ejecutoria real de 1494 ordenando al conde de Medellín que no se entrometiera en las elecciones del Concejo dombenitense."em>

Fuente: Diputación de Badajoz.

Por tanto, según esto, yo deduzco que algunos habitantes de Don Llorente, después de las inundaciones que anegaron su pueblo, pudieron trasladarse y asentarse en La Rioja. Aquí les empezarían a llamar "Los de Don Llorente", por lo que al final se quedarían con el apellido "Llorente".

Actualmente en Extremadura todavía hay Llorentes:

Cáceres: 77 como primer apellido, 89 como segundo.

La Rioja: 125 como primer apellido, 165 como segundo.

Escudo Llorente

Origen

De Castilla, de la localidad de Rincón de Soto (Logroño). Es el mismo apellido que Lorente.

Blasón

De oro, con un castillo de sinople, terrasado de lo mismo, en cuyas almenas ondea una bandera de gules y azur. Atados a la puerta, dos lebreles de su color, dirigiéndose a la derecha y a la izquierda. A cada lado del castillo, dos árboles de sinople, copudos.

Otro escudo, que también se asocia al apellido Llorente:

Escudo partido: 1º en campo de oro, dos flores de lis de azur, 2º en campo de plata, una banda de sinople. Bordura de plata, con ocho armiños de sable.

Bibliografía para Sanz

Estudios de heráldica y genealogía donde es posible encontrar información sobre el apellido.

-Blasones de Armas y Linajes de España, de Diego Urbina.

-Blasones, de Juan Francisco de Hita.

-Estudios de Heráldica Vasca, de Juan Carlos de Guerra.

-Nobiliario de Aragón, de Pedro Vitales.

-Nobiliario, de Jerónimo de Villa.

-El Solar Catalan, Valenciano y Balear, de A. y A. García Carraffa con la colaboración de Armando de Fluvià y Escorsa de la "Sociedad Catalana de Estudios Históricos".

-Apuntes de Nobiliaria y Nociones de Genealogia y Heráldica.

-Diccionario Etimológico de los Apellidos Españoles.

-Nobiliari General Català, de Félix Domenech y Roura.

-Armería del Palacio Real de Madrid.

-Blasonario de la Consanguinidad Ibérica.

-Nobiliario Español, de Julio de Atienza.

-Observaciones Histórico Críticas a las Trovas.

-Armería Patronímica Española.

-Escudos de Cantabria.

-Heráldica Asturiana.

-Heráldica Castellana.

-Heráldica de las Comunidades Autonomas y Capitales de Províncias.

-Sección de Órdenes Militares de Santiago-Alcántara y Calatrava.

-Tratado de Nobleza de Aragón y Valencia.

-Apuntes de Nobiliaria y Nociones de Genealogía y Heráldica.

-Santillana del Mar a traves de su Heráldica.

-Libro de Varios Linajes de España.

-Libro de Armeria del reino de Navarra.

-Arte del Blasón.

-Arte Heráldica.

-Catálogo de Manuscritos de la Biblioteca Menéndez Pelayo.

-Ciencias Auxiliares de La Genealogía y Heráldica.